Deje que la profecía se manifieste

Hubie Synn

Muchas profecías nos orientan, pero no nos brindan tantos detalles como quisiéramos. Yo creo que esto sucede porque Dios quiere darnos esperanza para que nos sigamos moviendo en la dirección correcta. No es nuestra función averiguarlo. Pero la tendencia de la mayoría de la gente—Mi esposa Vicki y yo lo hicimos muchas veces—es interpretar una palabra inmediatamente y tratar de encajarla en las circunstancias actuales. Eso nos quita la esperanza y nos lleva a sentir dudas, desánimo y desesperanza. Tenemos que tener en mente que Dios trabaja en un marco temporal mucho más amplio que el nuestro. Él está por encima del tiempo. Cuando Él le dice por medio de una profecía que hará algo, usted no sabe si eso ocurrirá en el futuro cercano o lejano.

Por ejemplo, cuando yo tenía casi treinta años, se me profetizó que manejaría dinero para mucha gente, que vendrían a mí para recibir consejos, y que no tendría preocupaciones de tipo financiero. Ahora que tengo casi cincuenta años, es cuando empiezo a entender lo que significaba esa palabra. ¿Fue acertada? Sí. ¿Ocurrió? Sí. Pero recuerdo bien que trataba de tomar decisiones basado en esa palabra en mis treinta y cuarenta años, preguntándome por qué no tenía sentido. En vez de dejar que la profecía se manifestara en el tiempo de Dios, estaba tratando de ayudar a Dios para hacer que ocurriera.
Dios usa la profecía para informarles a sus hijos las cosas que van a ocurrir, para que tengamos esperanza mientras aguardamos y estemos atentos a las señales cuando comiencen a aparecer. Jesús nos advirtió muchas veces que debíamos estar atentos, despiertos, y no quedarnos dormidos en nuestro caminar con Él.

La profecía nos ayuda a estar alertas, emocionados y comprometidos a trabajar cuando esperamos que sucedan las cosas prometidas. Ahora, cuando Vicki y yo recibimos una palabra, decimos: “Gracias, Señor. Lo tendremos en cuenta y lo recordaremos”. Cuando comienza a manifestarse, decimos: “Las señales están apareciendo. Algo debe estar pasando”. Nos preparamos y abrimos nuestros corazones a raíz de la profecía.

Permítame decirle algo más: si usted recibió una falsa palabra y actuó en función de ella, no se quede atrapado en el resentimiento. La Biblia dice que vemos y sabemos parcialmente (1 Co. 13:9, 12). La profecía no será perfecta, y Dios no quiere que nos llenemos de amargura. Lo importante es continuar siendo sinceros y amorosos con Dios y con nuestros semejantes, abiertos a la corrección y sin temor de movernos en los dones espirituales. Simplemente arrepiéntase ante el Señor, perdónese a usted mismo, y perdone a la persona que le dio la falsa profecía. Resista la tentación de vengarse.

Si ha sufrido dolor y pérdida, podría necesitar ayuda para sanar. Dese tiempo y aléjese un tiempo del ministerio, si el Señor lo lleva a hacerlo. No debe sentirse culpable por tomarse un tiempo para sanar. Su Padre celestial lo ama demasiado para dejarlo permanecer herido.

Cuando usted reciba una profecía, ore por ella y deje que el Espíritu Santo lo ayude a discernir si debe recibirla o rechazarla. Luego, a menos que la profecía contenga instrucciones detalladas y específicas o direcciones sobre una situación que usted sabe que necesita acción inmediata, deje que los acontecimientos se desarrollen. Resista la tentación o la presión de interpretarla de inmediato, o hacer que las cosas sucedan. Dios ya tiene el camino trazado, y su trabajo es caminar paso a paso por él, lo entienda o no.

Mientras actúa en los dones y rinde su vida a Dios, Él puede utilizar su tiempo de maneras que para usted no tienen sentido. Mi consejo: olvide sus horarios.

A mí se me enseñó a tener metas en la vida. Tenía metas que deseaba lograr a cierta edad, lugares que deseaba visitar, metas familiares, metas sobre mis pasatiempos, metas laborales, metas financieras, metas sobre las amistades.

Todas esas metas se han ido. Con el tiempo se las he entregado todas al Señor. Incluso mi horario diario le pertenece. Comienzo cada día entregándoselo a Él. Mi visión es hacer lo que Dios quiera que haga, e ir a donde Dios quiere que vaya. Cuando me despierto, oro en mi corazón: “Tengo cosas planeadas que me gustaría hacer, pero todo eso es secundario. Haré lo que tú quieres que haga e iré a donde me lleves”.

A Vicki le gustaba saber dónde estaba, así que el hecho de que yo no lo supiera, la frustraba. Yo decía: “Creo que estaré aquí, o allá, pero no estoy seguro”. Yo entendía que eso la exasperaba, pero Dios me estaba entrenando para que lo dejara ordenar mi día. El apóstol Santiago decía: “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida?

Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala” (Santiago 4:13-16).

Dios inventó el tiempo y usted puede confiar en Él para organizar su calendario. La agenda diaria de Dios debe ser su propia agenda. Ni más ni menos. Quizás necesite cambiar su paradigma, porque la vida no se trata de hacer encajar a Dios en su día, sino de dejar que Dios llene y ordene nuestros días. Vicki y yo aprendimos esto cuando realizábamos reuniones de adoración en nuestra casa. Una vez que comenzó el ministerio, no sabíamos cuándo terminaría. Cuando Dios enviaba gente a nuestro hogar, no nos sentíamos bien diciendo: “Son las once. Hora de irse”. ¿Cuántas oportunidades de ministrar hubiéramos perdido?

Cuando comenzamos a viajar por causa del ministerio, Dios hizo lo mismo. Una vez nos invitaron a extender un viaje ministerial a Florida, aunque lo que yo quería era irme a casa. Vicki oró por ello, y el Espíritu Santo le dijo: “Dile a Hubie que vaya a Fort Lauderdale y espere instrucciones”. No sabíamos nada más. Así que obedecí y Dios abrió puertas allá para un ministerio más fructífero.

He visto a Dios abrir puertas tantas veces, que ahora tengo miedo de decirle que no a sus peticiones. Sé que Él siempre tiene un propósito cuando me dice que le hable a alguien o que vaya a alguna parte. Cada vez me cuesta menos confiar en que Él me dará tiempo para descansar o me dará fuerza sobrenatural si me siento débil.

Sí, es aterrador llamar a un cliente y decirle: “No podré asistir como lo planeamos, algo inesperado ocurrió”, pero yo he colocado mi fe en Dios. Si Él me hace cancelar reuniones, sé que es por una buena razón. Si vuelve mi horario un desastre, es algo bueno, no algo malo. Él hará lo mismo con usted: quitará sus dedos del volante de su vida y lo forzará a abandonar su minúsculo sentido de control. Cuando esté dispuesto a aceptar lo desconocido, su don operará con mayor libertad.

En este proceso, Vicki ha descubierto el ministerio de la espera. Cuando ministro ahora en los servicios de la iglesia o en reuniones, puedo hacerlo durante horas. Eso ya no la molesta. De hecho, a veces Vicki se ríe, me toma del brazo y dice casi en son de broma: “¿Crees que ya nos podemos ir a casa? ¿De verdad?”. Con toda seguridad, algo ocurrirá y el ministerio continuará. Mi hija Sara me hace lo mismo. Vicki incluso siente que algunos días serán dedicados al ministerio y no a mi trabajo habitual. En la mañana dice algo como: “Entonces, vas a trabajar hoy, ¿ah?”. Luego se ríe, y yo sé que Dios tiene algo diferente en sus planes.

Tenemos mucha experiencia en eso de ser flexibles con nuestro tiempo. Solíamos clasificarlo diciendo: “Cuando estamos de vacaciones, estamos de vacaciones, y punto. Nada de ministerio”. Eso sencillamente no funciona. El trabajo de Dios es lo que somos y forma parte de todo lo que hacemos. Nuestro tiempo no es nuestro, y no hay momento perfecto o conveniente para hacer su voluntad. Ya no planeamos nuestras vacaciones, porque Dios ya tiene sus planes y nos informa del sitio al que debemos ir. Incluso se encarga de todos los detalles para que podamos caminar en el camino que Él ha preparado.

No podemos ser maniáticos del control y al mismo tiempo caminar obedientemente con el Señor. Pongamos de lado nuestra agenda personal y hagamos de Dios el Señor de nuestro horario.

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