Dependiendo del Don de la Palabra—La Biblia

Oh, ¡Cuánto se necesita decir acerca del uso de la Biblia en la predicación! Depender del Espíritu Santo en este punto significa creer de todo corazón que “toda Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16), creyendo que “nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Pedro 1:21), y teniendo una gran convicción que las palabras de la Escritura “no enseñan con palabras de sabiduría humana, sino con las del Espíritu” (1 Corintios 2:13). Allí donde la Biblia es estimada como la infalible Palabra de Dios, la predicación puede florecer. Pero donde la Biblia es considerada como un mero registro de valioso discernimiento religioso, la predicación muere.

Pero la predicación no florecerá automáticamente ahí donde la Biblia se crea infalible. Entre los evangélicos de hoy día, hay otras maneras efectivas de socavar el poder y la autoridad de la predicación bíblica. Hay teorías subjetivas del conocimiento que menosprecian la revelación proposicional. Hay teorías lingüísticas que cultivan una atmósfera exegética de ambigüedad. Hay una clase de relativismo cultural popular que permite a las personas hacer caso omiso impertinentemente de enseñanza bíblica incómoda.

Allí donde esta clase de cosas se enraízan, la Biblia será silenciada en la iglesia, y la predicación se tornará un reflejo de asuntos corrientes y de opiniones religiosas. Seguramente que no fue eso lo que Pablo quiso decir a Timoteo: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra…”

La Palabra. Eh ahí el foco. Toda predicación Cristiana debe ser una exposición y una aplicación del texto bíblico. Nuestra autoridad como predicadores enviados por Dios crece o disminuye con nuestra alianza manifiesta al texto de la Escritura. Digo “manifiesta”, porque hay tantos predicadores que alegan estar haciendo una exposición aun cuando no basan sus afirmaciones explícitamente—“manifiestamente”—en el texto. Ellos no muestran con claridad a su audiencia que las afirmaciones de su predicación provienen de palabras específicas, verificables, de la Escritura que la gente puede ver por sí misma.

Fuente: Piper, J. (2004). La Supremacía de Dios en la predicación (pp. 42–43). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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