El conflicto entre Israel y Palestina

Sugen Michelén

El conflicto entre Israel y Palestina suele levantar muchas pasiones entre creyentes e incrédulos. Y lamentablemente, las opiniones tienden a polarizarse de tal manera que podemos perder de vista la realidad de que ambos pueblos están sufriendo el impacto de este conflicto armado. Aún los creyentes podemos limitarnos a discutir acerca de esto en un plano meramente teológico, dejando de lado el drama humano que se vive actualmente en esa región.

Es mi oración que la postura bíblica presentada en este blog pueda ser ponderada con objetividad, y que los que no tenemos la misma opinión podamos defender nuestra postura con el respeto y la consideración que se le debe a un hermano en Cristo. También les ruego leer con atención los textos bíblicos citados a continuación.

En cuanto a quiénes son los herederos de las promesas dadas por Dios a Abraham, voy a abordar esta cuestión tomando como punto de partida otra pregunta: ¿Era Abraham judío cuando Dios lo llamó a salvación y le hizo las promesas de Gn. 12:1-3? Obviamente no, porque la nación de Israel no existía en ese tiempo. Esa nación habría de salir de Abraham, pero Abraham mismo no era más que un gentil incircunciso cuando Dios lo llamó y lo justificó por medio de la fe (comp. Gn. 15 y 17). Basado en ese hecho histórico, Pablo arriba a algunas conclusiones en el capítulo 4 de su carta a los Romanos. Luego de establecer el hecho de que la justificación es por la fe sola, usando como ejemplo precisamente el caso de Abraham, y luego de citar el Sal. 32, Pablo continúa diciendo:

“¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia. ¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión. Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado. Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa” (Rom. 4:9-14).

Dios hizo las cosas en ese orden, primero el llamamiento a salvación y luego la circuncisión, para que todos los creyentes, judíos y gentiles, fuesen abarcados por la promesa contenida en el pacto de Abraham. De ahí las palabras de Pablo en Rom. 2:28-29 y 9:6-8, así como en Gal. 3:6-9: “Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Rom. 2:28-29).

¿Quiere eso decir que Dios dejó de cumplir las promesas que hizo de manera específica a los descendientes físicos de Abraham? Pablo trata con este problema en Rom. 9: “No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes” (Rom. 9:6-8).

En otras palabras, Dios nunca prometió que todos y cada uno de los descendientes físicos de Abraham habrían de salvarse. A través de toda la historia de la redención vemos que dentro del Israel natural había un Israel espiritual, un remanente, compuesto por aquellos israelitas que fueron escogidos por Dios para salvación. Como veremos en el próximo artículo, este tema del remanente es clave para interpretar Rom. 11.

Pablo lo plantea de este modo en Gal. 3:6-9: “Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham”.
Por eso decíamos en un artículo anterior que Israel como nación fue usada por Dios en el antiguo pacto como un instrumento para llevar a cabo el plan que Dios tiene de salvar personas “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Ap. 5:9).

Luego Pablo pasa a explicar que la salvación de los pecadores no depende de su obediencia a las obras de la ley, sino de la obra de Cristo y de la cual nos apropiamos por medio de la fe. Para entonces llegar al punto clave de toda esta discusión, en Gal. 3:16: “Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo”.

Dios hizo un pacto con Abraham y su simiente. Pero ahora Pablo aclara que esa simiente de Abraham no es otro que nuestro Señor Jesucristo; dado que todos aquellos que creemos en Cristo, hemos sido unidos a El por la fe, nosotros somos también herederos de esa promesa, independientemente de nuestra nacionalidad: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gal. 3:24-29).

El pueblo de Dios del nuevo pacto está conformado por judíos y gentiles que creen en Cristo, de modo que ahora todos participamos de las promesas contenidas en los pactos que Dios hizo con Su pueblo (comp. Ef. 2:11-13, 19). Es por eso que en Ef. 6, cuando Pablo dirige unas palabras a los hijos, es decir, tanto judíos como gentiles, les dice en los vers. 1-3: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”. El texto que Pablo está citando aquí es Ex. 20:12, donde dice: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”, una clara referencia a la tierra prometida en el pacto con Abraham, que ahora Pablo aplica a estos hijos gentiles en la iglesia en Éfeso.

Es obvio, entonces, que la tierra de Canaán apuntaba hacia una promesa mucho más amplia, y de la cual somos partícipes todos aquellos que hemos creído en Cristo. Noten el comentario de Pablo en Rom. 4:13, enfatizando de nuevo que la justificación es por la fe y no por las obras de la ley: “Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería HEREDERO DEL MUNDO, sino por la justicia de la fe”.

De manera que no estamos alegorizando los textos bíblicos al afirmar que los herederos de la promesa dada por Dios a Abraham son todas aquellos que están unidos a Cristo por la fe, sean judíos o gentiles; simplemente estamos interpretando el AT con la luz que nos provee el NT.

Ahora bien, la gran pregunta que permanece en el aire es la que Pablo pasa a responder en el capítulo 11 de Romanos: “Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo?” Su respuesta es contundente: “¡En ninguna manera!”.

Continúa.

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