El bautismo en el Espíritu Santo

INTRODUCCION

El profeta Óseas prometió que Dios vendría a nosotros “como la lluvia, como la lluvia tardía” (Óseas 6:3). Esta forma parte de todas las profecías que se dieron en el Antiguo Testamento sobre el derramamiento del Espíritu Santo en el mundo. (Vea Isaías 32:15; 44:3; Ezequiel 39:29; Joel 2:28; Zacarías 12:10.) La promesa de la lluvia tardía se da después del llamamiento a la restauración del conocimiento de Dios por parte del pueblo y a una nueva comunión personal con El. Esto nos hace pensar también en el llamado hecho por Jesús a que sus seguidores permanezcan en su Palabra (Juan 8:31, 32).

En la tierra de Palestina la lluvia tardía caía en la primavera para terminar de propiciar la maduración de la cosecha. De la misma manera, el derramamiento del poder del Espíritu Santo que tuvo su inicio el día de Pentecostés es la lluvia tardía para una gran cosecha espiritual.

Esta cosecha empezó en Jerusalén en esa ocasión con 3.000 conversiones y ha seguido a lo largo de la historia de la Iglesia. Varios avivamientos espirituales han tenido lugar en el mundo de tiempo en tiempo. Este derramamiento del Espíritu sigue trayendo, no miles sino millones de almas a Cristo Jesús.

EXPOSICION BIBLICA

I. La promesa del bautismo en el Espíritu Santo (Mateo 3:1-11)

A. El bautismo de Juan

Por más de 400 años no se levantaron profetas que anunciaran el mensaje de Dios a Israel ni a sus vecinos

Desde el tiempo del profeta Malaquías nadie se levantó para desempeñar este ministerio de la manera en que se había manifestado el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento. Moisés había hablado de otro Profeta que sería enviado por Dios (Deuteronomio 18:15, 18). Este Mensajero de Dios no puede ser otro sino Jesucristo. El profeta Isaías también había anunciado que se levantaría un heraldo que clamaría en el desierto como precursor del enviado de Dios. Pero esto no sucedió sino hasta 400 años después de Malaquías.

Después de ese prolongado silencio, imaginemos el gran entusiasmo que se despertó en el pueblo cuando apareció Juan el Bautista. Un detalle interesante es que la palabra hebrea que usó Isaías para referirse al “desierto” en esa profecía fue Arabah. En los días de Juan el Bautista se daba el nombre de Arabá a la parte sur del valle del Jordán, el lugar preciso que este varón de Dios escogió para desarrollar su ministerio de predicación y bautismo en agua.

Pregunta: ¿Qué mensaje y ministerio recibió Juan de parte de Dios?

El vino proclamando que el reino de los cielos estaba a las puertas, es decir, que Dios estaba a punto de manifestar su poder soberano y su autoridad personal en el mundo. Juan hacía un llamado enérgico a todos los que venían a él para que se arrepintieran, confesaran sus pecados, dieran frutos visibles de la obra interna de su corazón y fueran bautizados en agua como testimonio de ello. De esta manera, Juan fue el precursor, o el que preparó el camino al Mesías, Cristo Jesús. Dios se manifestaría en la persona de su Hijo para la predicación del evangelio.

Pregunta: ¿Por qué no quiso Juan administrar el bautismo en agua a los fariseos y saduceos que vinieron a él?

Como profeta, lleno del Espíritu de Dios, él podía ver que estos no estaban genuinamente arrepentidos. En ellos no se veía un cambio de corazón y actitud. Por lo tanto, les demandó llevar frutos dignos de arrepentimiento. Antes de bautizarlos, Juan quería ver un cambio en ellos.

Enseñanza práctica

Pregunta: ¿Qué es el arrepentimiento, y qué elementos involucra?

El arrepentimiento es un cambio radical hacia el pecado, el cual conduce a un abandono total de la vida pecaminosa. Pero también incluye una actitud de fe para buscar el perdón de Dios y la comunión con El. En el verdadero arrepentimiento hay tres elementos esenciales:

1. Un cambio intelectual. El conocimiento que el hombre tiene sobre la naturaleza del pecado cambia completamente. El individuo descubre cuán ofensivo es éste delante de Dios.

3. Un cambio de sentimientos. El individuo asume una actitud de dolor y contrición por haber vivido en el pecado y se dispone a buscar el perdón de Dios.

3. Un cambio de voluntad. Debido a lo que piensa y siente contra el pecado, la persona se decide a abandonarlo completamente e iniciar una nueva ruta.

Juan observó que los fariseos y saduceos acudían a él sólo porque veían a la multitud que se acercaba a Dios. Ellos mismos no sentían dolor por haber ofendido a Dios ni estaban pensando en un cambio en su manera de vivir. Estaban contentos con ser lo que eran y creían que lo tenían todo en sus manos simplemente por ser hijos de Abraham. Pero ahora Juan denunciaba públicamente la falsedad de esta idea de una seguridad eterna.

Para contrarrestar estas falsas esperanzas, Juan hizo ver que Dios podía levantarle hijos a Abraham aun de entre las piedras que abundaban en todo aquel valle del Jordán. Esta era una valiente declaración de que esos hipócritas religiosos no tenían más derecho de reclamar las promesas dadas a Abraham que esas piedras muertas. Ellos estaban muertos espiritualmente y destituidos de las cosas celestiales prometidas por Dios. Ellos no estaban preparados para la venida del Mesías. Lo único que podía verse en el horizonte era el juicio de Dios contra ellos.

Enseñanza práctica

Pregunta: ¿Qué papel desempeñan las obras en nuestra salvación?

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8, 9).

La única condición para ser salvos es la fe. Cuando escribió a los Gálatas, Pablo dijo que ni siquiera Abraham fue justificado por las obras. La justificación de Abraham se debió esencialmente a que creyó plenamente en Dios (Gálatas 3:6).

Las buenas obras no son la causa sino el fruto de la salvación. Esto se ilustra con lo que sucedió en la conversión de Zaqueo. “Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lucas 19:8).

B. El bautismo de Jesús

Pregunta. ¿Que decisión se implica en los versículos 11,12?

Los fariseos y saduceos tenían las opciones de arrepentirse y aceptar el bautismo de Juan como preparación para el aparecimiento del Mesías, quien también los bautizaría en el Espíritu Santo, o de negarse a hacerlo y esperar el juicio divino, el fuego de la ira de Dios. En este caso debemos reconocer que no se estaba amenazando con el “fuego” del juicio de Dios por no ser bautizados en el Espíritu Santo. El mal está en negarse a recibir todas las bendiciones y cumplir con todas las responsabilidades que tal experiencia demanda.

La profecía de Juan de que Jesús bautizaría en el Espíritu Santo a los creyentes se encuentra en los cuatro evangelios (Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:38).

La obra de Cristo de bautizar en el Espíritu Santo a los creyentes sería el cumplimiento de todas esas promesas hechas en el Antiguo Testamento.

Pregunta: ¿Qué elemento agregó Juan el Bautista a esas profecías?

Los profetas habían previsto el derramamiento del Espíritu Santo. Juan vio que Jesús inundaría a los creyentes en el Espíritu Santo (“bautismo”).

Pregunta: ¿Por qué razón Mateo y Lucas agregan que Jesús también bautizaría en fuego?

Los eruditos bíblicos modernos no están de acuerdo en cuanto al significado del “bautismo de fuego”. Pero existen algunos detalles que debemos considerar antes de tomar una decisión al respecto. Juan el Bautista solamente se refirió a este bautismo cuando se estaba dirigiendo o refiriendo a los que habían endurecido su corazón, como los fariseos y saduceos. Cuando hablaba solamente a sus discípulos, este predicador se refirió únicamente al bautismo en el Espíritu Santo (Juan 1:83). Esto mismo se puede decir de Jesús (Hechos 1:5). Además, todas las veces que Jesús hizo uso de la palabra “fuego” fue en relación con el Juicio y la destrucción.

Un estudio atento de Mateo 3:10, 13 demuestra que la palabra fuego se utiliza para referirse al juicio. Sería impropio que en los versículos 10 y 12 esta palabra se refiera al juicio, y en el 11 se refiera a otra cosa sin ninguna explicación adicional o previa. Sin embargo, Juan, al igual que todos los profetas del Antiguo Testamento, no hizo ninguna distinción entre la primera y la segunda venida del Señor. Por eso tampoco se percata de ninguna diferencia en cuanto al tiempo que intervendría entre las dos clases de bautismos. (Vea 2 Tesalonicenses 1:7, 8.)

Esto, por supuesto, no quiere decir que no tomemos en cuenta que el Espíritu Santo inunda al creyente de fervor espiritual y de fuego divino (Romanos 12:11). ¡Qué Dios nos mande esa clase de fuego espiritual!

II. El día de Pentecostés Hechos 1:1-5

A. La promesa del Padre

Un poco antes de ascender al cielo para estar a la diestra del Padre, Jesús reunió a los que había escogido como apóstoles para una comida y un momento de comunión. Es muy probable que en este grupo hubiera más personas aparte de los once. La palabra apóstol se usa para designar a alguien que ha sido enviado a cumplir una misión. Entre los apóstoles, entonces, podían contarse a otros, como los “setenta” que también habían sido enviados por Jesús (Lucas 10:1). Algunos son de la opinión de que aquí se incluyen todos aquellos “a quienes… se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios”.

De lo que leemos en Lucas 24, se deduce que otras personas se reunían con los once. En Hechos 1:14 también se nos informa que en el aposento alto se encontraban reunidas con los apóstoles unas ciento veinte personas. De esto se infiere, pues, que las instrucciones que Jesús impartió cuando estaba a punto de ascender al cielo fueron dadas no sólo a los once apóstoles, sino a muchos más que El también había enviado.

Pregunta: ¿Cuál fue el mandato más enfático que Jesús les dio en esta ocasión?

¿Qué importancia tiene la obediencia en la recepción de las promesas de Dios? “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22).

La paráfrasis de este pasaje para una aplicación moderna de sus conceptos diría: “Obedecer es mejor que echar fuera demonios, diezmar, dar ofrendas, cantar en el coro o realizar cualquier otra obra cristiana.” Todo lo antes mencionado es hermoso y aceptable a Dios, siempre y cuando le demostremos en todo una actitud de completa obediencia. Si esto no fuera suficiente para admitir este punto, veamos lo que dijo Jesús: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día:

Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé:

Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23).

El Señor está dispuesto a responder a la fe de cualquier creyente que lo invoque en cualquier momento y lugar. Sin embargo, en esa ocasión El quería que la naciente Iglesia empezara como es debido, con una actitud de verdadera obediencia. ¿Qué cree usted que hubiera sucedido si todos los creyentes se hubieran dispersado en distintas direcciones? ¿Qué hubiera pasado silos 120 no hubieran estado esperando en oración en el aposento alto el día de Pentecostés? ¿Hubiera podido Pedro predicar aquel glorioso sermón pentecostal a los creyentes y a la multitud? ¿Se hubieran convertido tres mil personas en un solo llamamiento? Por lo que leemos en Hechos 2:6 nos damos cuenta de que la algarabía causada por las lenguas dadas por el Espíritu fue tan fuerte que atrajo a una gran multitud. Hay cosas que Dios hace cuando se encuentran pocos creyentes reunidos, pero también hay otras, muy especiales, que Él hace cuando hay una mayor concentración de creyentes.

Pregunta: ¿Qué quería decir Jesús al referirse al bautismo en el Espíritu Santo como “la promesa del Padre”?

En primer lugar, este acontecimiento es una realización de lo que se anunciaba en profecías como las de Isaías, Ezequiel, Joel y Zacarías.

En segundo lugar, el derramamiento del Espíritu Santo era la respuesta del Padre a la oración que Jesús hizo por su Iglesia, pidiéndole que enviara al Consolador. También podemos ver que así como el Padre dio testimonio del Hijo a través del Espíritu Santo en el bautismo, también respondió a la fe de los creyentes cumpliendo su promesa.

En el sentido más real, cuando somos bautizados en el Espíritu Santo nos convertimos en testigos de primera mano de que Jesús aún está a la diestra del Padre intercediendo por los suyos.

B. El Bautismo en el Espíritu Santo

Jesús les recordó a los apóstoles y a los que con ellos estaban el contraste que hay entre el bautismo de Juan y el del Espíritu Santo.

Algunos teólogos y escritores tratan de hacer creer que el bautismo en el Espíritu Santo fue una experiencia únicamente para la Iglesia primitiva. Dicen que los únicos que la recibieron fueron los ciento veinte que estaban en el aposento alto el día de Pentecostés. Aseguran estos que todo lo que ha sucedido desde entonces no puede llamarse “bautismo” sino “plenitud” del Espíritu Santo.

Pregunta: ¿Qué dice el resto del Nuevo Testamento sobre este asunto?

La Biblia utiliza una variedad de términos para describir nuestra experiencia inicial de salvación. Por ejemplo, se habla de conversión, nuevo nacimiento y regeneración. De la misma manera, la Palabra de Dios emplea distintas palabras para referirse a esta otra experiencia. La describe como un derramamiento del Espíritu Santo (Hechos 2:17, 18, 33); recepción del don del Espíritu Santo (Hechos 2:38); un descenso del Espíritu (Hechos 8:16; 10:44; 11:15).

Pero luego nos encontramos conque en Hechos 11:16 Pedro reconoció la recepción del Espíritu Santo por Cornelio y los de su familia como un bautismo. Es más, él la interpretó como el cumplimiento de la misma promesa que Jesús había hecho en Hechos 1:4. Es evidente que los creyentes que son bautizados en el Espíritu Santo en la actualidad participan de la experiencia de Hechos 2:4.

III. Una experiencia para todo creyente

Hechos 2:14-21

A. Sobre toda carne

La algarabía producida por los que hablaban en lenguas atrajo a una gran multitud de espectadores. De estos, unos estaban asombrados, mientras que otros se mofaban de los 120 creyentes. Cada vez eran más los que acudían a ver lo que sucedía en el aposento alto. Muchos no entendían lo que oían y otros aseguraban que los creyentes estaban borrachos. Esto impulsó a Pedro a ponerse de pie para refutar tal acusación. Les dijo que no había razón para suponer que los 120 estuvieran borrachos porque apenas eran las nueve de la mañana. Lo que veían no era más que el cumplimiento de Joel 2:28-32.

Pregunta: ¿Por qué citó Pedro la parte de la profecía de Joel que habla de sangre, fuego, vapor de humo y tinieblas?

Algunos interpretan esto simbólicamente. Joel, sin embargo, estaba anunciando así los juicios del fin. Joel, tal como los demás profetas del Antiguo Testamento, no vio la diferencia en tiempo entre la primera y la segunda venida de Cristo. El Espíritu Santo inspiro a Pedro para que citara todo el pasaje de Joel a fin de que nosotros sepamos que el Espíritu Santo seguirá derramándose hasta el día que Jesús regrese a la tierra.

Pregunta: ¿Limitó Pedro esta experiencia pentecostal a los judíos solamente?

Tanto él como Joel aseguran que esto era para “toda carne”. Todo creyente, no importa su nacionalidad, puede recibir el bautismo en el Espíritu Santo

B. Sobre todas las clases

Los fariseos menospreciaban a la clase pobre y no daban el debido respeto a las mujeres. Pero Jesús predicó el evangelio a los pobres y honró a la mujer. Todo el pueblo escuchaba sus enseñanzas con alegría.

El pasaje de Joel tampoco estableció barreras entre los sexos, las razas y las clases sociales. Dios había prometido derramar su Espíritu sobre toda carne; los hijos y las hijas profetizarían; jóvenes y ancianos verían visiones. Hasta los siervos y las criadas participarían de este derramamiento espiritual. En el tiempo del Imperio Romano había muchos esclavos, pero también para ellos era esta promesa. Todos los que crean pueden ser salvos. Todos los creyentes pueden ser bautizados en el Espíritu Santo.

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