La Iglesia Católica eliminó el limbo ¿y ahora qué?

La Comisión Teológica Internacional de la Iglesia Católica decidió eliminar el concepto de limbo, el lugar donde según la tradición iban a parar los niños que morían sin ser bautizados.

limbo.jpgSegún un documento, publicado (20/Abril/2007) por la Comisión, el limbo reflejaba “una visión excesivamente restrictiva de la salvación” ya que “existen serias razones teológicas para creer que los niños que mueren sin ser bautizados se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios”.

La publicación de ese esperado documento titulado “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados” fue autorizada por el Papa Benedicto XVI.

¿Qué otros dogmas o creencias irán a seguir revisando? ¿ Acaso la sucesión apostólica, la salvación por medio de la fe, la castidad de los curas?

Fuente: BBC

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4 pensamientos en “La Iglesia Católica eliminó el limbo ¿y ahora qué?

  1. ¡Bendiciones Enrique!
    En mi opinión, la aparente ortodoxia de Benedicto XVI servirá para que a modo de antítesis, sea sucedido por un papa liberal. Así es que esperaría más cambios, de tal modo que la Iglesia se modernice. De esa manera, las diferencias con la Iglesia Reformada se irán diluyendo y el camino del ecumenismo será más fácil de transitar.
    Lo considero como algo razonable a mi concepción de la apostasía de los últimos tiempos.
    Un abrazo
    – Dany

  2. Excelente articulo Enrique, mas recientemente, un periodico local (Rep. Dominicana) publico dos articulos donde destacaba
    1- Las nuevas controversias en torno al infierno. Mientras Juan Pablo II decia que era un estado de quien estaba sin Dios, Benedicto dice que es real.
    2-La discusion sobre el paraiso.

    Les dejo los links de ambos,
    1.- Nueva controversia en torno al infierno: http://www.elcaribecdn.com

    2.- Sigue el más alto debate sobre el PARAÍSO: http://www.elcaribecdn.com/articulo_multimedios.aspx?id=157646

  3. M e n t i r a s f u n d a m e n t a l e s d e l a I g l e s i a C a t ó l i c a.

    Uno no puede dejar de sorprenderse cuando se hace consciente de que los católicos, así como una
    buena parte de sus sacerdotes, no conocen la Biblia. A diferencia del resto de religiones cristianas, la
    Iglesia católica no sólo no patrocina la lectura directa de las Escrituras sino que la dificulta. Si miramos
    hacia atrás en la historia, veremos que la Iglesia sólo hace dos siglos que levantó su prohibición, impuesta
    bajo pena de prisión perpetua, de traducir la Biblia a cualquier lengua vulgar. Hasta la traducción al alemán
    hecha por Lutero en el siglo XVI, desafiando a la Iglesia, sólo los poquísimos que sabían griego y latín
    podían acceder directamente a los textos bíblicos. La Iglesia católica española no ordenó una traducción
    castellana de la Biblia hasta la última década del siglo XVIII. Pero hoy, como en los últimos dos mil años, la
    práctica totalidad de la masa de creyentes católicos aún no ha leído directamente las Escrituras.

    pesar de que, actualmente, la Biblia está al alcance de cualquiera, la Iglesia católica sigue formando
    a su grey mediante el Catecismo y lo que llama Historia Sagrada, que son textos tan maquillados que
    apenas tienen nada que ver con la realidad que pretenden resumir. Se intenta evitar la lectura directa de la
    Biblia —o, en el mejor de los casos, se tergiversan sus textos añadiéndoles decenas de anotaciones
    peculiares, como en la Nácar-Colunga— por una razón muy simple: ¡lo que la Iglesia católica sostiene, en
    lo fundamental, tiene poco o nada que ver con lo que aparece escrito en la Biblia!
    El máximo enemigo de los dogmas católicos reside en las propias Escrituras, ya que éstas los refutan
    a simple vista. Por eso en la Iglesia católica se impuso, desde antiguo, que la Tradición —eso es aquello
    que siempre han creído quienes han dirigido la institución— tenga un rango igual (que en la práctica es
    superior) al de las Escrituras, que se supone son la palabra de Dios. Con esta argucia, la Iglesia católica
    niega todo aquello que la contradice desde las Escrituras afirmando que «no es de Tradición». Así, por
    ejemplo, los Evangelios documentan claramente la existencia de hermanos carnales de Jesús, hijos
    también de María, pero como la Iglesia no tiene la tradición de creer en ellos, transformó el sentido de los
    textos neotestamentarios en que aparecen y sigue proclamando la virginidad perpetua de la madre y la
    unicidad del hijo.

    De igual modo, por poner otro ejemplo, la Iglesia católica sostiene con empecinamiento el significado
    erróneo, y a menudo lesivo para los derechos del clero y/o los fieles, de versículos mal traducidos —errados
    ya desde la Vulgata de San Jerónimo (siglo IV d.C.)—, aduciendo que su tradición siempre los ha
    interpretado de la misma manera (equivocada, obviamente, aunque muy rentable para los intereses de la
    Iglesia).

  4. Us tedes los de este sitio wed no le escondan la verdad al mundo que solo Dios es la luz del mundo

    «La verdad os hará libres» (Jn 8,32),

    Ningún libro puede dañar a una religión, aunque sí sea habitual que las religiones dañen a los autores
    de libros. A este respecto son bien conocidos los casos de la fanática persecución religiosa de autores
    como Salman Rushdie o Taslima Nasrin por el fundamentalismo islámico chiíta, pero la Iglesia católica,
    actuando de una forma más sutil, no se queda atrás ¡ni mucho menos! en la persecución de los escritores
    que publican aquello que no le place o pone al descubierto sus miserias. Son muchísimos los casos de
    escritores contemporáneos que han sufrido represalias por enfrentarse a la Iglesia, pero baste recordar
    cómo el papa Wojtyla ha amordazado a los teólogos díscolos mediante la imposición del silencio, la
    expulsión de sus cátedras, la encíclica Veritatis splendor; o los sonados casos de los escritores Roger
    Peyrefitte y Nikos Kazantzakis, perseguidos con saña por el poderoso aparato vaticano por poner en
    evidencia la hipocresía de la Iglesia católica.

    La experiencia de este autor después de publicar La vida sexual del clero, un best-seller que ha
    ocupado los primeros puestos de ventas en España y Portugal, confirma también que la libertad de
    expresión no es una virtud con la que comulga la Iglesia católica. Cuando el libro aún no se había acabado
    de distribuir, desde la jerarquía eclesiástica se llamó a periodistas de todos los medios de comunicación,
    «exigiendo», «aconsejando» o «solicitando» —según la mayor o menor fuerza que tuviese el clero en cada
    medio y/o en función de la militancia o no en el Opus Dei del periodista abordado— que se guardara silencio
    sobre la aparición del libro, una consigna que cumplieron fielmente buena parte de los periódicos y
    programas de radio de gran audiencia, así como, obviamente, todos los medios conservadores de talante
    clerical.
    Afortunadamente, el boca a boca de la calle pudo compensar en parte el silencio de muchos medios de
    comunicación y miles de españoles acudieron a las librerías a reservar su ejemplar, esperando
    pacientemente que las sucesivas reediciones del libro salieran de la imprenta. Un dato curioso es que las
    librerías religiosas, que habían sido marginadas en la primera fase de distribución del libro, pronto
    comenzaron a llamar a la editorial solicitando ejemplares; ¡no en balde los sacerdotes han sido grandes
    lectores de La vida sexual del clero! De todos modos, bastantes librerías fueron coaccionadas a quitar el
    libro de sus aparadores y, en la España profunda, algunas otras recibieron amenazas de agresión por
    parte de vándalos clericales. Vaya desde aquí mi profundo agradecimiento a todos, lectores y libreros.

    vociferando desde el pulpito de las iglesias que leer ese libro era pecado mortal, aduciendo que este autor
    tenía prohibida su entrada en las iglesias,7 vetando al autor en Cualquier programa de televisión en que
    participase un obispo…
    Sin embargo, como muestra de un talante absolutamente contrario al de los prelados españoles, cabe
    mencionar, por ejemplo, el caso de Januario Turgau Ferreira, obispo de Lisboa y portavoz de la Conferencia
    Episcopal Portuguesa, que no sólo accedió gustoso al debate cuando se publicó A vida sexual do clero,
    sino que defendió que el libro no suponía ninguna ofensa o ataque a la Iglesia, que al leerlo se tiene «la
    sensación de abrir los ojos», que la crítica debía ser siempre aceptada para cambiar lo que está mal y que
    hay que «repensar el celibato desde el fondo del libro.

    Este mismo criterio había sido defendido anteriormente desde revistas del clero católico como Tiempo
    de Hablar (62) o Fraternizar (90); la primera de ellas finalizó su larga y favorable reseña afirmando: «Se
    ha dicho de este libro que el agnosticismo del autor falsea la realidad. ¿No ocurrirá lo mismo que en la
    entrada triunfal de Jesús en Jerusalén cuando los fariseos le pedían a Jesús que mandara callar al pueblo?
    Ya conocemos la respuesta de Jesús: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.” (pp. 38-39).

    “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.” (pp. 38-39).

    Busquen el limbo en sus biblias y si lo encuentran aganlo saber.

    Nota de edición: Parece que nuestro distinguido visitante no entendió realmente el sentido o propósito de este artículo. La cita completa es: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Juan *;32.

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